Sentirse queridos y exigidos

 

Aunque no estamos determinados totalmente por las circunstancias de nuestro nacimiento y educación, es decisivo para el crecimiento armónico de la personalidad que los hijos se sepan queridos desde el primer momento en la familia, para querer después a otros. El afecto y los cuidados “que incluyen la exigencia y fortaleza para ir limando el egoísmo al que tendemos todos” les ayudan a percibir su propio valor y el de los demás: ese amor tierno y recio de los padres les da la autoestima que les permitirá amar, salir de sí mismos.

Los lazos de amor que nacen en una familia cristiana no se rompen ni con el fin de la vida. Si alguien pierde a sus padres en los primeros años, la fe hace ver al mismo Jesús, a santa María o a san José, haciendo sus veces ya en la tierra, en tantas ocasiones a través de otras personas de corazón grande. Mantenemos la esperanza de que un día sucederá lo que escribió santa Teresa: «Parecíame estar metida en el cielo, y las primeras personas que allá vi fue a mi padre y madre».

* Es conveniente leer los puntos 460 al 462 del Compendio del Catecismo.