Jesús ha querido que no nos cerremos a nosotros mismos, sino que sintamos como vocación expresa y mandato suyo el trasmitir la fe a los demás.

Nos hacemos un favor a nosotros mismos, en el momento que transmitimos la fe a los demás, porque la nuestra se fortalece. El mandato misionero de Jesús es una gracia para que no nos encerremos en nosotros mismos; para que no hagamos de nuestra vida un pequeño horizonte de nuestra autosatisfacción, del cumplimiento inmediato de nuestras necesidades.

Además, cuando somos misioneros ante los demás valoramos nuestra fe, porque eso que cuesta transmitir, lo consideramos como un tesoro. Al misionar, al evangelizar, ponemos en práctica el mandamiento del amor al prójimo; cuando alguien ama al próji- mo, desea para él lo mejor; ¿Y qué cosa mejor podemos desear al prójimo que desearle a Cristo?. «Eso que tengo te lo doy». No es siempre lo que el prójimo me pide, el verdadero amor no consiste en dar lo que me pide mi prójimo, el verdadero amor es dar lo que mi prójimo necesita.

Muchas veces hemos escuchado a los misioneros que han recibido el don de Dios en su vocación misionera «han recibido más de lo que han dado», en todos los testimonios que han encontrado en esa gente a la que estaban evangelizando.

Esto es un mandato y es un don, al mismo tiempo; es una obligación y es una gracia. Lo malo de esa palabra «mandamiento», es que muchas veces la interpretamos como un «precepto legal», olvidándonos que en la sagrada escritura, en el nuevo testamento especialmente: el mandamiento es un don de Dios. Jesús no se limita a darnos un mandamiento, sino que nos da la gracia para que ese mandamiento sea posible.

* Es conveniente leer los puntos 849 al 852 del Compendio del Catecismo.