Caminemos juntos

 

Subimos a lo alto. Subimos a la gloria. De la mano de Cristo. Por eso hay que “menguar”.

Efectivamente, porque quien sube a la montaña, como dice el Papa Francisco en su mensaje para la Cuaresma, sube como Iglesia, con la Iglesia. Hacemos un “camino sinodal” y se llama Cuaresma. Culmina en la gloria, en la victoria de Cristo, en la resurrección, por eso es un ascenso, primero, a la cruz. Un ascenso “hacia abajo”, hacia los pequeños, hacia los débiles, hacia los pobres. Un ascenso “hacia Dios”.

En el camino de la Cuaresma el esfuerzo no está en vencer la fuerza de la gravedad para subir más arriba, sino en vencer la gravedad de nuestro egoísmo para bajar más cerca, para acercarnos al prójimo, al que nos necesita, al que nos interpela. Para acercarnos a Dios.

El Dios de la Cruz es nuestro Dios, y está a nuestros pies. Tal vez mendigando que nos dejemos lavar los pies. Tal vez suplicando que le ayudemos a levantarse y cargar la cruz. Dios ya hace tiempo que “no está allí arriba”. Él está aquí. Él ha hecho el “ascenso” hasta “ahí abajo”. Bajo tus pies. Bajo tu orgullo. Donde no le alcanza la mirada de los que viven cegados por el “yo…, mío…, quiero…, ahora…” ¿Y tú? ¿Le ves?

Ascendemos y nos cuesta. Nos cuesta porque el peso que cargamos es excesivo. ¡Suelta peso y asciende más rápido! ¡Despójate de lo que sabes que te sobra y recupera la agilidad de la caridad! ¡Mengua en tantas razones por las que dejaste de amar, dejaste de creer, dejaste de esperar, dejaste de perdonar! ¡Mengua en razones y gana en amor! Aquí perder es ganar. Menguar es crecer. Y bajar, de su mano, como Él, es ascender.

Que estemos unidos en este ascenso “a lo más bajo” por el mismo amor. Que caminemos juntos, guiados por el único que conoce el camino, Cristo nuestro Señor. Y que seamos su Iglesia, la que en Él todo lo espera, la que con Él todo lo cree, la que como Él no se cansa de amar, ni de perdonar. ¡Camina con Cristo, camina como Él! ¡Caminemos juntos para llegar a Resucitar juntos en Él!